FUNDACION DEL CENTRO

 

En el marco de la celebración de la fundación de los Hermanos Menores, el Centro Cultural y Social "Albergue Juan XXIII", así llamado en un lejano 1970, y hoy llamado Centro Social "Albergue Juan XXIII", queremos hacer un recorrido histórico que muestre el carácter más genuino y comprometido de esta obra con los más necesitados, y que a la vez sea un sincero y agradecido homenaje a todos los que ayudaron, colaboraron y, en definitiva, la hicieron posible.Como todas las realizaciones estará siempre presente la imperfección y los errores humanos, pero brilla con luz propia el entusiasmo y el trabajo de los que lo hicieron posible y así...

 

 

 

"QUIEN QUIERA QUE VENGA A LOS HERMANOS; AMIGO O ENEMIGO, SEA BIEN RECIBIDO..." (SAN FRANCISCO DE ASÍS)

Bajo La Orden de San Francisco, El Albergue Juan XXIII acoge desde hace cuarenta años a peregrinos y transeúntes que se acercan a sus puertas buscando un techo bajo el que dormir. Con estas palabras da comienzo la obra del Albergue Juan XXIII de la Orden de los Hermanos Menores Franciscanos de Santiago de Compostela. Desde que dio comienzo la idea y la obra, allá por los 70 del siglo XX, hasta la actualidad, muchas cosas han cambiado en la sociedad, así como en las estructuras y servicios que presta el Albergue de San Francisco. Los datos aquí facilitados son un resumen del "memorandum" que se plasman en un bello libro lleno de recuerdos que viajan a través del tiempo. Desde aquel lejano 1969 hasta hoy en día largo ha sido el camino y muchos los retos que se han tenido que superar para que la idea y función original del Centro Social Albergue Juan XXIII no quedara en aguas de borrajas y olvidado en cualquier rincón de la sociedad.

 

 

 

Los primeros pasos en el camino.

 

 

Estos primeros pasos datan allá por el año 1969, dirigidos por un joven grupo de franciscanos, encabezados por Fray José Antonio Peteiro Freire y Fray José Manuel Casal Méndez, que pensaron la posibilidad de crear un centro cultural en el barrio compostelano de Vista Alegre, debido a la creciente necesidad de formación social y cultural de los vecinos que allí vivían, y ante el gran número de personas que se acercaban a las puertas del convento para pedir limosna o un sitio donde dormir y pasar las frías noches de invierno.

 

Gracias a la ayuda incondicional de la Fraternidad Franciscana, que cedió las instalaciones que habían albergado el noviciado franciscano del convento, que se había trasladado al convento de Ponteareas, y así en los inicios del año 1969 dieron comienzo las nuevas aulas de un centro cultural y social, y el acondicionamiento de algunas habitaciones para que pudieran pasar la noche quellas personas más necesitadas que carecían de medios y recursos. En los inicios de esta obra el proyecto dio en llamarse Centro Cultural Juan XXIII, y Fray José Antonio Peteiro Freire, fundador y director del nuevo proyecto, se refería a él con estas palabras:

"... es una criatura nacida de mis entrañas; una puerta abierta de nuestro convento hacia el mundo más pobre y sencillo; una obra social que no solamente fue creada por mí, sino por Fray José Manuel Casal Méndez y otros frailes que pusieron su grano de arena en esta tarea"

 

 

 

 

 

El comienzo del camino

 

 

El 7 de Marzo de 1971 se hacía realidad esta obra solidaria, y el Albergue abría sus puertas a los más necesitados. En un principio contaba con diez humildes camas y un salón, el cual, y en función de las necesidades, acogía a hombres y mujeres, haciendo también la función de dormitorio con una capacidad máxima para 15 personas (diez en las camas y cinco en el salón), que por una noche podían dormir lejos de las frías noches de inviernos, los parques y las calles.

 

Para que esto llegara a buen puerto recibían las ayudas económicas, necesarias e imprescindibles, de la Fraternidad Franciscana, por una parte, y de Cáritas Interparroquial de Santiago por otra, para hacerse cargo de los gastos de mantenimiento. Las puertas permanecían abiertas desde las ocho de la tarde hasta las nueve de la mañana del día siguiente a todo aquel que buscara cobijo. Por regla general se pernoctaba una noche, aunque había personas que lo hacían tres noches seguidas, y, en circunstancias especiales, como cuando se trataba de un anciano o un enfermo para los que era necesario su traslado al hospital, se les permitía estar en el albergue una semana o incluso más. Dicha norma debía de cumplirse porque el objetivo era llegar al máximo número de personas necesitadas, pero sin que llegara a convertirse en una residencia.Poco a poco se fueron ampliando los servicios del albergue y tan solo un año después de su apertura, y en vista de las necesidades existentes, se trató de mejorar las instalaciones, haciéndolas más acogedoras, y garantizar así un mejor servicio, siempre teniendo en cuenta los recursos económicos, que no eran muchos, y las ayudas recibidas. Se instalaron duchas y se aumentaron las camas, así como una entrada lateral e independiente del centro cultural, que hasta entonces compartían. Como novedad en ese año, los transeúntes que así lo deseasen podían comer gratis en la Cocina Económica gestionada por Cáritas gracias a un vale que se les entregaba y poder mitigar así el hambre de aquellos tiempos.El objetivo y fin que un principio perseguían estos jóvenes franciscanos comenzaba a ser palpable y en una entrevista que le hicieron a Fr. José Antonio Peteiro, dando fe de ello, en Junio de 1971 se le preguntó:

¿Qué le interesaría conseguir para el albergue? "Que todos los necesitados que pasen por Santiago lo conozcan y utilicen, y no duerman a la intemperie"

 

 

 

 

 

Un duro y largo camino.

 

 

 

 

Una etapa bien diferenciada a lo largo del camino y vida del Albergue Juan XXIII va desde 1971 hasta 1983.Bajo aquellos techos de madera de más de doscientos años se seguía acogiendo con la misma hospitalidad a los transeúntes que llegaban; por aquellos años el Albergue Juan XXIII era sobradamente conocido, no solo por los menos favorecidos sino también por la sociedad compostelana, ya que era la única institución que ofrecía "pensión gratuita".Durante estos doce años, y bajo la dirección de Fr.José Antonio Peteiro y con unas normas básicas de convivencia para todo aquel que utilizara el albergue, como identificarse, no fumar en las habitaciones, respetar los horarios y estar mínimamente aseado, se alojaron unas 15.000 personas, con una media de 2.000 personas al año, y entre 15 y 20 personas por día.

 

Es destacable un servicio muy característico, propio de una fundación cristiana: la Catequesis o Catecismo, desarrollando una labor muy importante en el aspecto educativo y formativo, encargándose en un principio su fundador Fr.. José Antonio Peteiro Freire, continuando con ella varios directores seglares y religiosos, y actualmente vigente, siendo dirigida por Fray Miguel de la Mata Merayo.A partir del año 1983 coge el relevo de la dirección del Albergue y el Centro Cultural Fray Enrique Roberto Lista García, puesto que su predecesor había sido nombrado Arzobispo de Tánger. Su nuevo director veía como año tras año el albergue se quedaba más y más pequeño, y pasaban ciertos apuros para atender las necesidades de los sin techo, sobre todo en situaciones especiales como el Huracán Hortensia (octubre de 1984), y la ola de frío que azotó el país en el invierno de 1987.

Por aquel entonces se contaban con 21 camas, que llegaban a ser insuficientes, pero el nuevo director, con un presupuesto de 300.000 pesetas, acometió nuevas mejoras en el Albergue, con lo que consiguió una mejora de las habitaciones, la ampliación para más camas y duchas, una pequeña habitación acondicionada como cocina, y una sala de acogida donde se esperaba para la hora de entrada al Albergue.Aparte de estas reformas Fr. Enrique barajaba la posibilidad de conseguir dinero para abrir una sala de estar donde los más desfavorecidos no se vieran horas y horas vagando por las calles, y entre otras cosas mejoras, instalar una lavandería, instalar calefacción para hacer el lugar más agradable en los días fríos de invierno, y un servicio nocturno de atención que se vería complementado con voluntariado y objetores de conciencia que realizaban la prestación social sustitutoria, además de los profesos temporales que ayudaban a Fr. Enrique en estos menesteres.